El palomar (Cuento corto)

Juan estaba orgulloso de su palomar, su bisabuelo comenzó con dos palomitas hacia más de cien años, al principio le creían loco, día y noche con sus pájaros, pero pronto la gente se dio cuenta de que eran una manera rápida de enviar mensajes a familiares lejanos en los pueblos aledaños, el abuelo de Juan tuvo la idea de cobrar por el servicio unas pocas monedas y pronto el regente de la zona se interesó en las palomas y esa manera innovadora de recibir y transmitir información.

Fue así que cuando la guerra se declaró y el frente de batalla se hizo cada vez más lejano que el abuelo de Juan fue llamado al castillo en donde en reunión con los generales, el regente le preguntó sí sus pájaros podían servir para enviar y recibir noticas del frente.

El abuelo de Juan nunca había tratado eso, las palomas volaban entre dos destinaciones que conocían, pero de alguna manera se habían acostumbrado a hacerlo, con lo que sin comprometerse se puso de acuerdo para organizar un ensayo.

Al día siguiente uno de los generales se presentó en la casa con una carreta militar, una escolta de 3 soldados y el abuelo de Juan escogió 10 palomas a las que luego de meter en una gran jaula y no sin algún esfuerzo cargar en la carreta partirían con el hacia el frente de batalla.

Fueron largos días de camino, durante los cuales, el abuelo de Juan pudo observar los resultados de la guerra, los campos vacíos, las casas abandonadas, cosechas quemadas, tumbas, tumbas y más tumbas, de vez en cuando cruzaban a veteranos mutilados que hacían como podían para trabajar la tierra y cosechar algo que sustentara sus vidas vacías.

Así mismo había muchas mujeres solas, marido en el frente o parte de la creciente población de los cementerios que nacían como champiñones a lo largo de la ruta de las batallas como señalando una estela de destrucción, un monumento anónimo a los horrores de la guerra.

Finalmente llegaron al campamento y todo era distinto, aún cuando estaba principalmente hecho de tiendas de lona y parapetos improvisados, era como una gran ciudad, con mucha vida, tabernas improvisadas, mujeres fáciles de vida difícil.

Una vez allí, comenzaron las pruebas, el abuelo de Juan, cuidadosamente abrió la jaula y selecciono una de la palomas, cabe decir que estaban todas asustadas, despeinadas, no se parecían en nada a esos pájaros que algunos días atrás habían partido del pueblo.
Con gran cuidado, ató a la pata derecha del animal un tubito hecho de bambú, dentro del cual había un mensaje de prueba, sólo decía: llegamos bien, todos los pájaros sobrevivieron, hay calma en el frente.
Ante los ojos curiosos de varios soldados y generales, el abuelo de Juan elevo al pájaro sobre sus hombros y lo echó a volar.
Así hicieron cada día, durante diez días, sólo que al final del quinto día un mensajero desde el pueblo llego con la noticia de que habían recibido 2 palomas en el palomar, había sido el papa de Juan, muy joven aún quien había quedado a cargo de cuidar las palomas y quien había recibido los dos pájaros con los primeros mensajes de pruebas.

El regente estaba muy contento cuando se enteró de la llegada de los pájaros, quedaba por resolver la manera de enviar pájaros desde el pueblo con mensajes a su vez y así garantizar una comunicación bidireccional entre el pueblo y el frente.

El abuelo de Juan decidió probar suerte y con la sexta paloma envió un mensaje con instrucciones de reenviar las primeras a ver si llegaban.

Pero lamentablemente esto no funciono, o los pájaros volaban hacia su antigua destinación o daban una vuelta y regresaban al pueblo. El regente al ver esto le pidió al papa de Juan que metiera otras 10 palomas en una jaula para llevarlas al frente y al menos poder recibir noticias.

Así cada cierto tiempo una nueva carreta de palomas era llevada al frente y los mensajes fluían desde las encarnizadas batallas.

Esto había ocurrido hace mucho tiempo, eventualmente las palomas se acostumbraron a regresar al frente y cuando este se movía dejaban como un punto intermedio el anterior palomar y los mensajes eran así enrutados hacia la capital.

Los años pasaron, el abuelo de Juan falleció y su padre tomo su lugar, pasando Juan a ocuparse del palomar principal en la casa de la capital.

Pero no hay guerra que dure cien años sin tener funestas consecuencias y eso era lo que estaba ocurriendo ahora. Las palomas seguían llevando y trayendo mensajes desde el frente, pero también tenían otros fines, la gente iba a ver a Juan para enviar mensajes a sus seres queridos en el campo de batalla y a cambio le daban alguna moneda, pero para todos la situación era muy mala.

Pasados unos años el padre de Juan perdió la vida gracias a que los ejércitos enemigos introdujeron una nueva arma fatídica, la artillería, que les permitía diezmar las filas del regente desde una distancia segura. Fue una bala de cañón que reboto en el suelo y término impactando el pecho de el padre de Juan.

Así mismo el regente perdió el interés en el palomar y aunque la gente seguía contando con Juan para trasmitir sus mensajes cada vez eran más pobres y ahora pagaban con comida, frutos, pollos… Juan veía esto con preocupación pero al menos tenía que comer.

El pueblo estaba cada vez más empobrecido y muchas veces Juan enviaba los mensajes gratis, mensajes de alegría, el nacimiento de un hijo o nieto. Mensajes de tristeza, un hermano menor reclutado y enviado al frente, la muerte de algún familiar, la abuela… Juan cada vez tenía menos y no podía alimentar a todas las palomas y proveer los cuidados, el mantenimiento del palomar, las reparaciones.

Así mal alimentadas, terminaron por no regresar al palomar, a lo mejor encontrando otro palomar que ahora eran muy comunes, donde hubiera comida en abundancia, o regresando al estilo de vida salvaje típico de una paloma, Juan veía esto con tristeza y cierta preocupación.

Sus suplicas al regente no dieron fruto alguno, este había perdido el interés al no ver mayor utilidad para su guerra infinita, Juan desesperado decidió liberar a la mayoría de sus palomas y sólo quedarse con 5 que es lo que en ese momento podía alimentar.

Y así pasaron los años y el hambre arreció, la pobreza, la miseria, la escasez, nadie tenía nada, todos vestían harapos, el castillo del regente una vez majestuoso, ahora era casi una ruina, todo el dinero era destinado a armamento, todos los hombres en edad de conscripción eran enviados al frente, nadie pagaba impuestos pues nadie producía nada, la gente a penas sobrevivía, no había hombres para trabajar la tierra, las mujeres habían hecho lo que podían, pero con el tiempo las bestias que ayudaban al arado y al transporte habían muerto de viejas, de hambre o habían sido utilizadas para alimentar a la familia.

Juan miraba su palomar, ahora casi vacío, con añoranza y tristeza, nunca conoció a su abuelo pues este estuvo todo el tiempo en el frente, vio poco a su padre, pues este debió también partir, a Juan lo había salvado el palomar, ese palomar que hoy languidecía casi vacío.

Mientras tomaba su cena una tarde cualquiera escucho a las 3 palomas que le quedaban canturrear en el palomar, puso de lado su sopa hecha con agua del río, un poco de sal y un cinturón viejo que hirvió durante horas y horas, y fue a ver a sus palomas. El guardaba la esperanza de que alguien vendría queriendo enviar un mensaje y podría pagarle, era su último asidero, eso y la tradición, le habían impedido deshacerse del palomar.

Las tres palomas estaban juntas sobre una de las perchas, ya viejas, despeinadas, flacas y marchitas, pero siempre confiables, siempre fieles retornando a sus puntos conocidos, dispuestas a transportar la última buena nueva o la última tragedia.

Y Juan, Juan siempre pendiente de ellas, dejando de comer él para alimentarlas, su ultimo dijimos antes, corregimos, su único asidero… Al pasado, a su tradición, a su familia. Y la gente del pueblo siempre importunandolo, ¡estas loco! ¿de que te sirven esos pájaros? ¡Cómetelos! Y Juan siempre cortésmente sonreía y pensaba que no podría hacer eso.

Un día la mala alimentación pudo más que el deseo. que la fuerza y que la esperanza, Juan trató, pero no logró levantarse, allí en su cama expiro su último aliento.

Entre tanto en el palomar, las tres palomas solitarias, acurrucadas unas a otras, siguieron esperando, esperando su alimento, esperando la mano gentil de Juan que les ataría un tubito de bambú en la pata y las hacharía a volar.

Corsa, abril 2013, mientras una paloma me importuna en el balcón de mi hotel y sus molestias son repelidas con fuego de artillería (de aceitunas rellenas de pimentón)

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